¿La reserva cognitiva es beneficiosa?

La reserva cognitiva, una protección para nuestro cerebro

15/11/2019
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En los últimos años hemos empezado a escuchar hablar del término reserva cognitiva. Este hace referencia a la capacidad que tiene el cerebro para seguir manteniéndose funcional tras haber recibido algún tipo de daño. Estamos comenzando a entender que este es el órgano en el que reside nuestra mente, aquello que nos hace ser personas.

Como animales,  el cerebro nos permite relacionarnos con el medio y desarrollar una adaptación para nuestra supervivencia. Pero es extremadamente frágil y sensible a enfermedades y lesiones, que pueden incapacitarnos de por vida para realizar las actividades más simples.

Ante un daño cerebral o un proceso neurodegenerativo, podemos pensar que todas las personas sufrirán un déficit similar; pero esto no es así. En la práctica, observamos que hay personas con daños similares pero que difieren mucho en cuanto a la pérdida de funcionalidad de un caso a otro. Incluso los hay que con lesiones mayores tienen un déficit menor que los que tienen lesiones más pequeñas. Y bien, ¿por qué ocurre esto?

Diferencias entre la reserva cerebral y la reserva cognitiva

Los primeros estudios que se llevaron a cabo a la hora de entender el motivo por el que dos personas con la misma afectación neurológica podían presentar evoluciones muy distintas llegaron desde la investigación del Alzheimer.  En 1988, Kaztman y sus colaboradores observaron cerebros de personas fallecidas que tenían acumulación de amiloide. En concreto, esta es una de las proteínas implicadas en la neurodegeneración de esta enfermedad.

Algunas de las personas cuyos cerebros fueron investigados presentaron síntomas relacionados con este tipo de demencia y otros no, a pesar de tener las mismas lesiones. ¿Cuál era el motivo? La respuesta que este grupo de investigadores encontró fue que los cerebros de mayor tamaño pertenecían a personas que no habían mostrado síntomas en vida. Mientras tanto, las personas cuyos cerebros eran más pequeños, sí que los habían mostrado.

La conclusión del estudio se resumía en que, a mayor tamaño del cerebro y mayor número de neuronas, menor afectación podía sufrir la persona al tener un daño. A esto se le terminó conociendo como reserva cerebral, que no es lo mismo que la reserva cognitiva de la que estamos hablando. Se relacionó con la propia genética y con la disposición individual de cada persona para tener una mayor cantidad de neuronas y conexiones entre las mismas.

Fue en 2003 cuando los estudios de Stern y colaboradores dieron luz al término de reserva cognitiva. Este fue un gran avance, ya que no solamente se entendía la importancia de la base del tamaño cerebral, sino de la propia funcionalidad del mismo. Por lo tanto, habría personas que tendrían más posibilidad de evitar el deterioro funcional tras lesiones cerebrales.

¿En qué consiste?

Esta reserva permite crear una protección ante el daño, como ya hemos comentado. Se establece un umbral de resistencia que varía de un individuo a otro, dependiendo de sus características personales. Cuanto mayor reserva, mayor umbral de resistencia y menor déficit presenta la persona afectada. A menor reserva, menor umbral de resistencia y mayor aparición de déficit funcional.

¿Cómo aumentar la reserva cognitiva?

A día de hoy, sabemos que este tipo de reserva se puede conseguir de diferentes formas. Las principales son:

  1. La educación formal: Las personas que han tenido una educación formal y más extensa, manifiestan síntomas en menor grado tras un proceso lesional.
  2. El estilo de vida: Quienes mantienen un estilo de vida estimulante, poniendo en práctica sus procesos cognitivos, presentan un menor deterioro ante las lesiones cerebrales. Esto se basa en que el propio uso de la función cognitiva hace que esta permanezca. Aun así, es necesario que la actividad a la que uno se enfrenta sea novedosa. Las actividades automatizadas no implican un aumento o mantenimiento de la reserva.
  3. Ejercicio físico: El ejercicio aeróbico favorece la irrigación sanguínea cerebral, aportando nutrientes necesarios a las neuronas para que se mantengan en un funcionamiento óptimo. Es el ejercicio aeróbico y no el anaeróbico el que aporta beneficios.
  4. Actividades sociales: Se ha observado que mantener una vida en la que nos impliquemos con otras personas puede prevenir la aparición del deterioro.
  5. Nivel de inteligencia: Personas con un mayor nivel de inteligencia, han demostrado ser más resistentes al daño neuronal.

Un arma de doble filo

Hasta ahora, hemos estado hablando de los beneficios y bondades de la reserva cognitiva, pero no siempre las tiene. Cuando nos referimos a demencias, podemos encontrar las que aparecen más allá de 65 años y las que aparecen antes de esa edad. Estas últimas se asocian a un componente genético y, una vez comienzan, su avance se produce a gran velocidad.

Cuando alguien que padece una demencia de tipo genético presenta una buena reserva cognitiva, el momento en el que manifieste los síntomas será un momento en el que ya no haya nada que hacer a nivel de recursos. Esto se debe a que la sintomatología se detectará demasiado tarde, una vez que la reserva haya desaparecido y el daño neuronal sea extenso.

No se podrá proceder a estimularle cognitivamente, puesto que esta intervención resulta útil en las primeras fases de la enfermedad, cuando aún no se han producido lesiones a nivel general. Pero en estos casos, el cerebro aparece ya demasiado dañado para poder intervenir y la persona comienza a perderse en un deterioro acelerado.

Importancia para la sociedad

A pesar de que haya casos puntuales en los que la reserva pueda no llegar a ser beneficiosa, por lo general se ha observado que es un elemento útil en la prevención contra el déficit funcional. No solamente puede servir en casos de demencia y daño cerebral, sino también en otros tipos de patologías neurológicas como la epilepsia. Debería darse a conocer, teniendo en cuenta el gran ahorro sanitario y social que podría suponer. 

Cuidar el cerebro siempre trae beneficios. Por eso salga a correr, enfréntese a un nuevo reto académico o, si lo prefiere, aumente su red social, pero la de personas de carne y hueso; para las pantallas siempre tenemos tiempo.

Categorizado en: Psicología

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